Durante muchos años hice lo que había que hacer: trabajar, cuidar, cumplir, sostener, seguir adelante.
Desde fuera, muchas cosas estaban en su sitio. Pero llegó un momento en el que seguir funcionando ya no fue suficiente.
Durante 17 años trabajé en una fábrica.
Durante mucho tiempo pensé que parte de mi malestar tenía que ver con aquel trabajo. Creía que necesitaba otro empleo, otro lugar, otra oportunidad.
Y finalmente me marché.
Pero con el tiempo comprendí que aquello que me ocurría allí era solo la superficie.
El trabajo estaba tocando algo mucho más antiguo en mí: la necesidad de sentirme mirada, reconocida y valorada.
Y ahí empezó otra parte del camino.
Empecé a comprender que no todo lo que me incomodaba podía resolverse cambiando lo que ocurría fuera. Había algo que necesitaba empezar a mirar dentro.
Necesité hacerme otras preguntas.
No tanto qué tenía que cambiar fuera, sino qué estaba ocurriendo dentro de mí. Qué partes de mí había dejado de escuchar. Qué decisiones había tomado desde lo que debía ser y cuáles nacían realmente de mí.
Dejar aquel trabajo fue importante. Pero el verdadero cambio no fue marcharme.
Fue empezar a volver a mí.
Ese proceso abrió un camino de autoconocimiento que continúa hoy.
Me llevó a profundizar durante años en la Gestalt, el desarrollo personal, el trabajo corporal y en mi propia manera de comprender los procesos de cambio.
Y sigo recorriéndolo.
Porque no creo en acompañar a otra persona desde un lugar de «yo ya tengo las respuestas». Creo en hacerlo desde la presencia, la escucha, la experiencia y la valentía de mirar también aquello que no siempre resulta cómodo mirar.
No porque mi camino tenga que ser el de las mujeres a las que acompaño.
Sino porque conozco la experiencia de buscar respuestas fuera y descubrir que algunas de las preguntas más importantes estaban dentro.